Se puede pensar que la vida contemplativa es un lujo y casi un desinterés hacia tantas necesidades urgentes. Pero quien ha sentido la llamada está convencida de que está donde Dios quiere. Él es el que hace grandezas…
Yo diría que nuestra labor es, sobre todo, un trabajo espiritual. Muchas horas del día son para la oración, el canto festivo de la liturgia, la celebración de la Eucaristía; hay un tiempo de estudio, de lectura serena de a Palabra de Dios, clases de teología… Otras horas son para el encuentro fraterno entre nosotras o la acogida de quienes llaman a nuestras puertas.
Tenemos además de la liturgia compartida con los que acuden a la iglesia dos grupos de oración semanales con seglares
Un monasterio es un espacio de amor. La comunidad reunida “que todos sean uno” es un empeño de Dios y a la vez el único argumento de que Jesús está vivo entre nosotros. No es fácil la vida común; superar las diferencias es fruto del Espíritu y eco de una lograda fisonomía espiritual.
La oración, eje de nuestra vida, es sobre todo comunión. Nunca oramos solos. Esto lo intuye muy acertadamente el Pueblo de Dios que con sencillez nos pide nuestra oración.
La vida contemplativa tiene la originalidad de anunciar Quien es el que llena por entero el corazón humano y lo rebosa. Frente a tantos valores aparentes evidencia que estamos llamados a la trascendencia y que la vida es tanto más humana cuánto más se abre a ella. Que Dios no es el que estorba a este mundo sino el que más ayuda.